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martes, 21 de abril de 2015

Vi paisajes maravillosos que no fui capaz de capturar

El horizonte claro y conciso a la derecha, el cielo cerca de la línea que lo separaba de la tierra estaba en llamas. Naranja intenso. Difuminándose en azul a medida que subía.
En la tierra una recta de árboles en flor. Tan perfecta como imperfecta con sus ramas colocadas por alguno de esos milagros cotidianos que decidimos pasar por alto.
La carretera al frente era larga y sin curvas, interminable, al fondo se difuminaba con el paisaje.
A la izquierda un bosque de molinos de viento, altos, puros, ligeros. Una muestra de nuestra generación mezclada con la naturaleza del viento. Las nubes situadas por casualidad listas para ser admiradas. En un croissant perfecto o en papel de lija.
En el ambiente podía sentirse la juventud. También las esperanzas y ese suspiro por las nuevas cosas.
Respirábamos belleza.
Yo no sabía si cerrar los ojos y sentir todas estos milagros o si abrirlos para no perderme nada.
Vivimos tan absortos en nosotros mismos que olvidamos cómo se ve el mundo que está fuera.

martes, 17 de marzo de 2015

Irrespirable

Nos agarramos con fuerza, en la oscuridad y a ciegas. Tiramos de la nada y seguimos tirando, esperando que en algún momento deje de existir esta inmensidad vaporosa e irrespirable.
Nos dejamos caer infinitamente. Arañamos una superficie grisácea que nos separa del resto del mundo, pero que el resto del mundo parece incapaz de ver.
Queremos sentir. Algo. Lo que sea.
Nos agarramos muy fuerte, no el uno al otro, sino a los recuerdos. Para poder al menos llorar de melancolía. Para poder al menos escribir cosas tristes en algún cuaderno de notas a las cinco de la mañana, cuando vuelves a casa y te sientes poco querido, poco atractivo, poco de todo.

No nos agarramos el uno al otro porque no estamos seguros siquiera de que haya algo que agarrar. Sobrevivirnos fue más costoso de lo que hubiéramos pensado cuando nos miramos la primera vez y no vimos nada.

viernes, 20 de enero de 2012

Volver a casa


¿Y qué quieres que te diga? Que las cosas pasan, la marea sube y baja, hace frío, hace calor... Y algunas cosas no tienen remedio, porque la gente cambia al igual que las prioridades.
Y yo no he perdido nada más que el tiempo. Y lo mejor son esos días en los que me acuerdo de todo, de repente, primero hago una mueca y luego sonrío, no he hecho más que ganar desde entonces.

Echo de menos el mar, ¿quién lo diría? Pero siempre estará ahí, como amigo fiel, esperándome, esperando a que vuelva a casa. Eso sí que merece la pena.

miércoles, 17 de noviembre de 2010